La Quinta Estación
Pinturas de Cristina Portela e Irina Rosenfeldt
Por Mariana Rodríguez Iglesias y María Lightowler

Museo Raúl Lozza – Julio de 2015 Imáginese que es el 31 de diciembre a las 23:59 y algunos de sus vecinos ya empezaron a tirar fuegos artificiales. A unas primeras lucecitas tímidas le siguen el desparpajo de colores, ruidos y brillo, una orquesta del derroche instantáneo y el goce por aturdimiento. Comprenderemos que llegó el final de esta sinfonía explosiva cuando al humo solo le sigua más humo.

Mucho se ha escrito y se ha dicho de la apoteosis, del momento culminante y triunfal de una cosa. Tal vez, por ser la parte final, brillante y muy impresionante de una situación, es el momento que más ha llamado la atención en nuestra cultura acostumbrados como estamos a celebrar la belleza y la juventud. Pero pocos, muy pocos, se han ocupado de pensar en el “final de fiesta”, en ese preciso momento que se despliega justo después del auge y antes de la decadencia. En la imagen de los fuegos artificiales que al principio evocamos, sería el momento en que el humo todavía sigue suspendido en el aire pesado de la noche de verano y su olor impregna nuestra nariz. Cuando todavía resuenan los ecos de la estridencia, pero ya no está presente.

Las obras que hoy se disfrutan en el Museo Raúl Lozza pueden describirse en términos de este momento entre la intensidad y el silencio. Pinturas de éxtasis y apoteósis de la mano de Irina Rosenfeldt y más pinturas, de Cristina Portela, del momento exacto en que el humo nos invade. Lo que reúne a una y otra propuesta pictórica es la fiesta, en tanto clima, la atmósfera de algo que se debe vivir en primera persona porque si te lo cuentan, ya no tiene sentido. Esta fiesta no es interminable -como no lo es ninguna fiesta- y ambas artistas han sabido sacar provecho de la fugacidad de este hecho.

Irina Rosenfeldt nos invita a bailar desde la entrañas al son de una superficie vibrante, generosa en colores y resaltes, poderosa en cuanto a los gestos y sugerente de una espacialidad que no se queda quieta: como si nos invitara a bailar, agarrándonos fuerte de las manos, girando en círculos con los ojos abiertos y la manera en que el espacio se construye en nuestra retina no terminara nunca de quedarse quieto. Como esos momentos donde cerramos los ojos y aún vemos las lucecitas de colores, que se quedaron impregnadas.

Cristina Portela viene de dejar atrás una serie colorida y recargada para dar nacimiento a este momento posterior a la apoteosis o la explosión. Sus obras ostentan la negrura misma donde todo es una potencia y el espacio, antes que negado, es un acto de infinidad. Sus obras son el diálogo en tensión entre figuras diminutas o muy sutiles contra un fondo que denota inmensidad. Si algo explotó, fue hace mucho y lejos, y lo que vemos son los proyectiles que dan cuenta de esa energía liberada.

Ambas obras se vinculan, así como un apretón de manos, en el que se estrechan los extremos de dos cuerpos diferentes pero conectados vinculados con el encuentro y la celebración.

LA QUINTA ESTACION, este punto en el que se genera el encuentro entre ambas, es un espacio estacionario antecedido por la fiesta, permeable a que se libren las reflexiones y conclusiones del a posteriori, se despliegan los recuerdos del festejo vivenciado y donde se rememora lo compartido, pero también donde ya se comienza a planificar la próxima celebración.