Bitácora de un viaje por el enigma de las formas, por Rodrigo Alonso

Las pinturas de Irina Rosenfeldt hacen uso de la libertad expresiva que habilita el arte contemporáneo. Debido a esto, escapan a toda definición. Son abstractas a primera vista, pero no eluden las reminiscencias formales, y mucho menos, las connotaciones figurativas. Por momentos reclaman una respuesta sensorial o emotiva, pero de inmediato, sus infinitos trazos dinámicos y flotantes son capaces de transportarnos hacia un paisaje mental, un torbellino de figuras evocativas o una galaxia en mutación permanente.

Para esto, Rosenfeldt extrema ciertas posibilidades de los recursos plásticos. Desestima la perspectiva renacentista que arrastra al espectador hacia las profundidades del punto de fuga, y con esto, logra que las formas se proyecten desde las telas hacia él, intensificándose en su cuerpo y su retina. Modula las variaciones de color entre los tonos cálidos y los fríos, construyendo un flujo cromático que acompaña al observador a lo largo de su recorrido por las extensas superficies pintadas. Elige una escala monumental que lo incorpora, y añade una estructura expositiva circular que lo lleva al interior de un dispositivo pictórico del que pareciera no tener escapatoria.

Estas decisiones ponen de manifiesto que para Irina Rosenfeldt la pintura no es sólo un medio productor de imágenes. Su necesidad de transmitir el impacto sensual de la materia, las formas y el color responde seguramente a su propia aproximación al medio con el cual trabaja, y que sin dudas la obsesiona. En su programa visual, la pintura se torna en una verdadera experiencia y en una invitación a percibir la fortaleza de un medio que mantiene su vitalidad a pesar de los continuos anuncios de su agotamiento.

La instalación que propone para el Museo Emilio Caraffa tiene su antecedente más notable en los panoramas que en el siglo XVIII provocaron las delicias del público londinense; unas extensas superficies pictóricas que podían tener hasta 15 metros de alto y 100 metros de longitud circular. Siendo la pintura el medio de representación de la realidad más exacto de la época, los panoramas fueron experiencias inmersivas, con un efecto cercano a aquello que hoy denominamos “realidad virtual”. La ausencia de toda referencia externa hacía que las personas tuvieran la sensación de estar literalmente dentro de la obra, al punto de perder toda noción de su entorno inmediato y abandonarse plenamente a la aventura plástica. Estas producciones tuvieron un éxito extraordinario hasta que el desarrollo de la fotografía puso en evidencia sus limitaciones figurativas.

Irina Rosenfeldt recupera ese carácter inmersivo de los panoramas para su gigantesca obra mural. Pero está menos interesada en el engaño perceptivo o en la reproducción realista del mundo reconocible, que en el impacto psicológico y emocional de sus lienzos.
Siendo una artista contemporánea, su trabajo se ubica a medio camino entre la pintura y la instalación, y otorga un papel más autónomo al espectador, que es inducido a construir su propia experiencia subjetiva. No hay un sentido particular por descubrir ni instrucciones para un encuentro “correcto” con su propuesta. Hay, en cambio, una invitación a la exploración, la aprehensión sin prejuicios y la deriva personal.

Al mismo tiempo, Rosenfeldt plantea una suerte de rito de pasaje que fomenta una situación imprevisible. El exterior de la instalación aparece como una estructura de madera, cruda e irrelevante, que no anticipa en manera alguna lo que habita su interior.
Sólo cuando el espectador ha atravesado el umbral que lo introduce al espacio envolvente de la obra, cuando ya está rodeado por los torrentes dinámicos de las formas y el color, el volumen plástico se manifiesta en todo su esplendor, y todo su ser es empujado a la aventura estética. La palabra “aventura” es absolutamente pertinente aquí porque es muy probable que el visitante no se haya enfrentado jamás a una ambientación de estas características, que lo arranca de la contingencia de la vida cotidiana y lo sumerge – de manera literal – en la potencia de los efectos pictóricos.

Estos efectos lo interpelan tanto en el nivel sensorial como en el motriz. La obra exige ser transitada no solo con la mirada, sino también con la totalidad del cuerpo. El observador está llamado a desplazarse por el espacio ensayando una variedad de puntos de vista. Pero éstos no se manifiestan exclusivamente en el recorrido perimetral, en el movimiento a lo largo de la superficie dilatada de la tela, sino también, en su aproximación y alejamiento de ésta, que modifica de manera radical el enjambre de formas que pulsan sobre ella. En estos ajustes de distancia óptica, las manchas pueden transformarse en figuras evocadoras y lo que aparentaba ser un caos deja entrever una voluntad cósmica.

Porque en la vital multiplicidad de los trazos que componen este paisaje plural, Irina Rosenfeldt ha sembrado las semillas de una intencionalidad precisa. Su trabajo no es el resultado del libre albedrío ni de la espontaneidad momentánea de la creación artística. Es, más bien, un dispositivo emocional orientado al espectador, destinado a comunicarse con él, a instigarlo, a sacudir su universo mental. Un canal para incentivarlo a abandonarse en los territorios insondables de su propia imaginación.